Cada 1 de octubre se celebra el Día Internacional de las Personas Mayores. Una fecha que invita a reconocer su papel en nuestra sociedad, pero también a mirar una realidad que está cambiando la estructura de nuestros pueblos y ciudades: vivimos más y las personas mayores representan una parte cada vez más importante de la población.
Eso, en sí mismo, es una buena noticia.
Llegar a edades más avanzadas con mejores condiciones de vida es uno de los grandes logros de las últimas décadas. Detrás hay avances sanitarios y sociales, pero también generaciones que han trabajado, emprendido, cuidado, creado familias, mantenido negocios y contribuido a construir los municipios en los que hoy vivimos.
Y siguen haciéndolo.
Una sociedad que está cambiando
Los datos ayudan a entender la dimensión de este cambio. En Andalucía, las personas de 65 años o más representan ya el 19,13 % de la población: 1.659.589 personas. Durante 2025, además, este grupo aumentó un 2,87 %, mientras que la población de 0 a 15 años descendió un 2,11 %.
La esperanza de vida también refleja esta transformación. En Andalucía alcanza actualmente los 82,82 años, frente a los 78,2 años del año 2000.
Son datos recogidos en el Informe sobre la Situación Socioeconómica de Andalucía 2025 del Consejo Económico y Social de Andalucía, que constata una evolución clara hacia el envejecimiento de la población y una reducción progresiva del peso de los grupos más jóvenes.
Y es que detrás de las cifras hay algo mucho más cotidiano: las generaciones no viven de forma aislada.
Cuando una generación sostiene a otra
Muchas personas mayores siguen desempeñando un papel fundamental en sus familias. Ayudan a hijos e hijas, participan en el cuidado de los nietos y, en ocasiones, se convierten en un apoyo importante cuando las dificultades laborales, salariales o de acceso a la vivienda retrasan la emancipación de los jóvenes.
Esa solidaridad entre generaciones tiene un enorme valor. Pero también merece una reflexión: no podemos dar por hecho que las personas mayores deben convertirse en una red permanente de apoyo que compense dificultades que tienen su origen en otros ámbitos.
Y tampoco todas las personas llegan a esta etapa de la vida en las mismas condiciones.
El CES señala un dato especialmente significativo: en Andalucía, las mujeres perciben de media un 41,45 % menos que los hombres en las pensiones contributivas. Las desigualdades acumuladas durante años de vida laboral, las diferencias salariales, las interrupciones profesionales o una mayor dedicación a los cuidados no desaparecen al llegar a la jubilación. En muchos casos, continúan reflejándose en los ingresos durante esta nueva etapa de la vida.
Envejecer es también una cuestión de territorio
El cambio demográfico tiene además una dimensión territorial evidente.
No significa lo mismo en una gran ciudad que en un pequeño municipio. En aquellos territorios afectados por la pérdida de población joven, las personas mayores adquieren todavía más peso en la estructura demográfica y en la propia vida de la comunidad.
Por eso, hablar de envejecimiento es hablar también de vivienda, movilidad, comercio de proximidad, servicios públicos, accesibilidad, cuidados y espacios urbanos. Pero también de empleo, oportunidades para los jóvenes y capacidad de los territorios para mantener y atraer población.
Y es aquí donde la demografía se encuentra con la estrategia económica.
Planificar para una sociedad que vive más
Conocer cuántas personas viven en un territorio no es suficiente. Hay que saber quiénes son, qué edades tienen, cómo viven y cómo está evolucionando esa población.
En 3CS, el análisis de estos indicadores forma parte de los diagnósticos socioeconómicos que realizamos para diseñar estrategias adaptadas a la realidad de cada territorio. Porque detrás de un dato demográfico puede haber una necesidad de vivienda, un cambio en los hábitos de consumo, una demanda de nuevos servicios o una oportunidad para la economía local.
Entender esos cambios ayuda a decidir dónde dirigir los recursos, qué actuaciones priorizar y cómo anticiparse a las necesidades de una población que también está cambiando.
Las personas mayores forman parte de esa realidad no solo por sus necesidades, sino también por todo lo que aportan: experiencia, conocimiento, participación, actividad económica, vínculos familiares y memoria de nuestros pueblos y ciudades.
El aumento de la longevidad nos obliga a hacernos nuevas preguntas. Y también nos ofrece la oportunidad de diseñar territorios capaces de aprovechar todo ese conocimiento y de responder mejor a las necesidades de todas las generaciones.
Vivir más es un logro. Conseguir que una sociedad más longeva siga ofreciendo oportunidades, bienestar y calidad de vida a todas las generaciones es también una cuestión de estrategia.